El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El nomadismo en los Balcanes, Anatolia y África del Norte, visto por observadores occidentales
Pero era una tarea interminable. Si el nomadismo se debilita en Anatolia del Oeste, prospera en el este, donde los nómadas llegados de Asia llevan el nombre genérico de turcomanos. Todavía hoy podemos ver a los turcomanos vagabundeando por las estepas anatolias entre Alepo y Damasco; persiste el problema de su sedentarización en uno u otro extremo de su trayecto. Desde el siglo XVI, y más aún desde el siguiente, gobernadores y recaudadores de impuestos otomanos se interesaron seriamente por estos nómadas turcomanos, a quienes nadie había molestado durante el anterior y brillante periodo de expansión turca. La Sublime Puerta se muestra ahora interesada en recaudar los impuestos y reclutar hombres para su Caballería. Las enconadas luchas contra los persas conducen al retroceso hacia el Irán de las tribus chiítas; los sunitas, al contrario, avanzan hacia el oeste y renuevan la raza nómada de los yürüks. Una tribu que en 1613 se encuentra en la región de Karamán, al sureste de Konya, la podemos ver setenta años más tarde en Kütahya. Hubo, incluso, grupos que pasaron a Rodas. Y un último renuevo: los vacíos dejados al este se verán colmados de nuevo, una vez que los kurdos, hasta entonces enclaustrados en sus montañas, decidan airearse un poco. En el siglo XIX «emprenden de nuevo, por propia cuenta, las grandes migraciones en sentido norte-sur entre la alta meseta anatolia y las tierras bajas meridionales del Tauro», lo que evidencia la existencia de ciclos en la vida nómada, en los que se producen sorprendentes pausas, periodos de integración, permanencias y
nuevas partidas[327].
El nomadismo en los Balcanes, Anatolia y África del Norte, visto
por observadores occidentales
Tratar de explicarlo todo por medio de estas invasiones —las del siglo VII, con sus consecuencias, y las del siglo XI, con las suyas—, no pasa de ser una simplificación, aunque permisible y necesaria. El dromedario no ha esperado a que se produjese la expansión árabe para alcanzar África del Norte y el Sahara, y el camello ha llegado a Anatolia con anterioridad a los primeros avances seleucidas. Pero la explicación resulta correcta en sus líneas generales. El Mediterráneo, lugar de encuentro de los desiertos cálidos y fríos que cortan en su totalidad la masa continental del Viejo Mundo, ve prolongarse en sí —aunque atenuado y domesticado ante la obstinada resistencia campesina— el estilo de vida propio de los nómadas venidos de Asia.
La supervivencia de estas antiguas formas de vida completa la imagen de los mundos peninsulares del Mediterráneo del siglo XVI —los Balcanes, Anatolia, África del Norte—, donde la trashumancia, tal como la definen nuestras fuentes occidentales, se ha visto empujada, rechazada hacia zonas marginales o considerablemente modificada. Esta perspectiva de base nos ayuda a comprender el carácter de ciertos islotes montañosos, independientes pero aislados, mirados con desconfianza y con apenas unos malos contactos con el mundo exterior, como es el caso de Jebel Druz, enclave autónomo que lanzaba, sin aviso previo alguno, «expediciones de rapiña… contra moros,
turcos y árabes»[328]; o Cabilia —el reino de Cuco, como se le denomina en los documentos españoles—, que había conseguido su independencia, pero no la libertad de movimientos. Sus gobernantes tratarán en vano, principalmente en la pequeña playa de Stora (cerca de la actual Philippeville), de entrar en
contacto con los españoles…[329]. En el África del Norte todo resulta relativamente simple. Llegado el verano, los grandes nómadas ponen en movimiento sus ganados y se dirigen al mar; cuando se acerca el invierno, vuelven hacia el sur y el Sahara. Así hay una pausa para las personas de la montaña, cuyos rebaños pueden marchar a las tierras bajas, abandonadas en el umbral del invierno. En Anatolia, como hemos visto, no se encuentra nada semejante, ni tampoco en los Balcanes, donde trashumancia y nomadismo se mezclan y entran en conflicto. En la parte este de la península, el gobierno turco ha establecido —más o menos deliberadamente— colonias de nómadas —yürüks del Asia Menor— con la esperanza de hacerles adoptar una vida sedentaria y, en consecuencia, usarlos para robustecer la defensa militar turca. Pero estos hombres no son los únicos nómadas de la vasta península balcánica.
Estas diferencias tan claras, en comparación con el modelo italiano o el español, no han pasado inadvertidas a los observadores occidentales, tanto de antaño como de hoy. Los desplazamientos de los pastores nómadas (o más
bien seminómadas) han sorprendido tanto a Diego Suárez[330] como al flamenco Busbec o a ese admirable viajero que fue Tavernier, o al curioso barón de Tott, o a Holland, el inglés contemporáneo de Chateaubriand. La descripción más vívida se la debemos a Holland, cuando relata el encuentro
que tuvo en 1812[331] con los rústicos pastores del Pindo, de camino con sus rebaños por el territorio entonces semidesierto de Salónica, o a lo largo de las orillas del golfo de Arta, una especie de mar interior de aguas poco profundas. Cada año, en cuanto llega el verano, reemprenden el camino de vuelta a sus montañas. Son nómadas sin duda, puesto que llevan con ellos sus mujeres e hijos… Detrás de la larga fila de corderos, cuyo paso determina la velocidad de la marcha, viene el convoy de los caballos, a veces hasta un millar, cargados con los utensilios domésticos y de campamento, tiendas… y niños que duermen metidos en cestas. Y también van los popes acompañando a sus rebaños espirituales.
También eran nómadas aquellos hombres que vio Busbec[332] cerca de Ankara, en la región de las cabras de Angora y de los corderos de cola grasa denominados corderos beréberes en África del Norte. «Los pastores que conducen estos ganados pasan todo el tiempo, día y noche, en el campo; llevan consigo a sus mujeres e hijos en carretas que les sirven de casa, aunque hay algunos que llevan tiendas de pequeñas dimensiones. Vagan por amplias extensiones de terreno encaminándose a las llanuras o a las partes altas; la estación del año y los lugares de pastizales abundantes regulan su marcha y determinan su domicilio. En los confines de Armenia y Caldea, a cuatro horas
de la ciudad de Erivan [escribe Tavernier[333] a mediados del siglo XVII], existen montañas muy altas donde los campesinos que habitan la región cálida junto a Caldea vienen en verano, en número de hasta 20 000 tiendas, es decir, familias, a buscar los buenos pastizales para sus rebaños; y cuando el otoño toca a su fin, emprenden el camino de vuelta a su tierra».
Tampoco en este caso hay duda posible. Un siglo después, el barón de Tott encuentra a los mismos nómadas turcomanos, pero su testimonio nos deja un tanto perplejos: «Los pueblos [escribe] que habitan en invierno el centro de Asia y que durante el verano llegan incluso a Siria, con armas y bagajes, para hacer pastar allí a sus rebaños, son considerados como nómadas, pero en realidad no lo son más que esos pastores españoles que, detrás de sus
ganados, recorren a lo largo de ocho meses las montañas de Andalucía»[334].
La discusión a que invita resulta útil, pero no requiere más que un breve paréntesis. La confusión entre rabadanes de Castilla y pastores turcomanos solo puede ser posible al primer golpe de vista, cuando se considera las enormes distancias franqueadas por los rebaños ambulantes de la Mesta. No son mayores las distancias recorridas por los turcomanos, pero ellos —y ahí reside la diferencia— llevan consigo familia y morada. Además, la discusión se centra en torno del término nómada. Pero no olvidemos que la palabra culta nomadismo no aparece en el diccionario de Littré, y que para trashumancia solo ofrece un ejemplo y con fecha de 1868. Los términos trashumancia y trashumante son recientes: el diccionario de Bloch-Wartburg (1960) cita el año de 1803 como la fecha más temprana en que se usaron dichas palabras. Si la palabra trashumante aparece en los escritos de Ignacio