El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

III. La guerra no se librará en el mar

La paz de Vervins, firmada el 2 de mayo, fue ratificada por el rey de

Francia el 5 de junio de 1598.[181] Devolvía a Enrique IV el reino tal y como lo había delimitado la paz de Cateau-Cambrésis de 1559. Representaba, pues, una serie de abandonos inmediatos para los españoles: éstos debían evacuar,[II-767] sobre todo, sus posiciones en Bretaña y renunciar a sus conquistas en la frontera del norte, incluida Calais, cuya restitución entrañaba, desde luego, cierta importancia. En general, la paz parecía favorable a Francia. Bellièvre, el futuro canciller de Enrique IV, decía, exagerando, que “era la paz más ventajosa que Francia había concertado desde hacía quinientos años”. Son, claro está, palabras oficiales, pero no del todo inexactas. Aunque la paz de Vervins no significara ninguna conquista exterior, venía a salvar de un modo decisivo la integridad del reino. Tenía la gran ventaja de dar a Francia la paz de que necesitaba en términos absolutos, y con ello, el medio para curar las heridas de un país entregado durante una serie de años al extranjero y que se había levantado, demasiado pasionalmente, demasiado ciegamente, contra sí mismo. No hay duda de que esta recesión de la coyuntura económica, a partir

de 1595, ha contribuido a que se pusiese fin a las hostilidades.[182]

 

III. LA GUERRA NO SE LIBRARÁ EN EL MAR

 

Las guerras locales que este capítulo acaba de enumerar, unas en el oeste, otras en el este del Mediterráneo, no se hallan íntimamente entrelazadas las unas a las otras. Se interfieren, evidentemente, pero a distancia, sin llegar a juntarse, sin formar nunca un todo vivo. Ocurre así porque el mar que las separa se mantiene en una actitud obstinadamente neutral, negando sus servicios y su colaboración a una guerra general, que sólo él podría organizar y servir de vehículo.

Los contendientes se baten, sin embargo, en el mar, de 1589 hasta el final del siglo y hasta más allá. Pero sigue siendo la habitual guerra mediterránea de los tiempos de “paz”, es decir, la piratería, guerra de individuos, guerra anárquica y de menor cuantía, que se desarrolla con frecuencia en un radio de acción muy reducido y valiéndose de fuerzas muy modestas. Merece la pena señalar esto, con tanta mayor razón cuanto que hubo, a partir de 1591 y especialmente en 1593, 1595 y 1601, ciertos intentos de guerras marítimas de amplio alcance, acerca de las cuales conviene hacer claridad. Calibrar su[II-768] importancia o, mejor dicho, señalar el pequeño alcance que llegaron a adquirir y su fracaso, equivale, en definitiva, a tomar la medida de una época nueva que comienza.