El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
I. En los orígenes de los imperios
Sin negar por ello el papel del individuo y de las circunstancias, creo que el auge económico de los siglos XV y XVI trae consigo una coyuntura tenazmente favorable a los grandes y aun a los grandísimos Estados, a esos “extensos Estados” a quienes vuelve a decírsenos que pertenece el porvenir, como a comienzos del siglo XVIII, en el momento en que crecía la Rusia de Pedro el Grande y se perfilaba la unión, por lo menos dinástica, de la Francia
de Luis XIV y la España de Felipe V.[12] Lo que ocurre en Occidente ocurre también, mutatis mutandis, en Oriente. En 1516 el sultán de Egipto sitia Aden, ciudad libre, y se apodera de ella, de acuerdo con las lógicas leyes de la expansión. Pero —y también obedeciendo a idéntica lógica—, el sultán turco,
en 1517, se apodera de todo Egipto.[13] El pez chico siempre corre peligro de ser devorado por el grande. En realidad, la historia es, por turnos, favorable o desfavorable a las vastas formaciones políticas. Tan pronto conspira a su expansión y a su desarrollo como a su desgaste y a su dislocación. La evolución no se orienta políticamente de una vez para siempre, de un modo simplista; no existen Estados irremisiblemente condenados a morir ni Estados predestinados a engrandecerse a toda costa, indefinidamente, como si el destino les encomendara la misión de “engullir territorios y devorar a sus
semejantes”.[14] Dos imperios, en el siglo XVI, dan pruebas de su temible poderío. Pero entre los años de 1550 y 1600 se vislumbra ya, y en el siglo XVII se perfila y se precisa, el momento no menos inexorable de su ocaso.
I. EN LOS ORÍGENES DE LOS IMPERIOS
Tal vez, pues, cuando hablamos de los imperios, de su auge o de su decadencia, debemos estar atentos al destino general que los empuja: no confundir los periodos, no ver demasiado pronto la grandeza de lo que un día, con la ayuda del tiempo, llegará a ser grande, ni anunciar prematuramente la caída de lo que, con los años, dejará otro día de serlo. Nada más difícil que esta cronología, la cual no es simplemente una relación de hechos, sino un simple diagnóstico, una auscultación, expuestos a los habituales y evidentes errores de toda exploración médica.
La grandeza turca:[15]del Asia Menor a los Balcanes
Con anterioridad a la eclosión de la grandeza turca hay tres siglos, por lo menos, de esfuerzos repetidos, de largas luchas, de milagros. Los historiadores occidentales de los siglos XVI, XVII y XVIII se fijan, incluso, de preferencia en este lado de lo “milagroso”. ¡Y cuán extraordinaria es, en efecto, la historia de esta familia de los Osmanlíes, engrandecida al azar de los combates a lo largo de las inciertas fronteras del Asia Menor, lugar de cita
de aventureros y de pasiones religiosas![16] Porque el Asia Menor es, como pocas, una tierra de transportes místicos: la guerra y la religión van aquí de consuno y las cofradías belicosas pululan por estas tierras, donde, como es sabido, los jenízaros se enlazan a la importante y poderosa secta de los becktachis. El Estado osmanlí debe a estos orígenes su belicosidad, sus bases, sus primeras exaltaciones. Es un verdadero milagro que este pequeño Estado haya podido sobrevivir a los múltiples remolinos, a las catástrofes inherentes a su posición geográfica.
Habiendo sobrevivido, logra aprovecharse de las lentas transformaciones de los países anatolios. La prosperidad otomana va unida en sus raíces a esos poderosos movimientos de invasión, muchas veces silenciosos, que empujan los pueblos del Turquestán hacia el oeste. Es el fruto de esta transformación
interna del Asia Menor,[17] que, griega y ortodoxa en el siglo XIII, se torna turca y musulmana por efecto de repetidas infiltraciones y de completas rupturas sociales, y también como resultado de una asombrosa propaganda religiosa de las órdenes musulmanas, “las unas, revolucionarias, comunistas, como los babais, los ajais y los abdal; las otras, más pacíficamente místicas, como los mevlevis de Quonié. Según G. Huart, Koprilizadé ha esclarecido
recientemente su apostolado”.[18] Su poesía —su propaganda— marca la aurora de la literatura turca occidental…
También del otro lado de los estrechos se ve la conquista turca ampliamente favorecida por las circunstancias. La península de los Balcanes dista mucho de ser pobre, y en los siglos XIV y XV era más bien rica. Pero estaba dividida: bizantinos, serbios, búlgaros, albaneses, venecianos y genoveses luchan allí unos contra otros. Ortodoxos y latinos andan a la greña, en constantes querellas religiosas. Por último, socialmente, el mundo balcánico es de una extrema fragilidad, un verdadero castillo de naipes. No hay que olvidarlo: la conquista turca de los Balcanes pudo llevarse a cabo porque se aprovechó de una pasmosa revolución social. Una sociedad señorial, inexorable para el campesino, viose sorprendida por el choque y acabó derrumbándose por sí sola. La conquista, que marca el fin de los grandes terratenientes, señores absolutos en sus tierras, es también, desde
ciertos puntos de vista, la “liberación de los pobres”.[19] El Asia Menor fue conquistada pacientemente, lentamente, al cabo de siglos de oscuros esfuerzos; la península de los Balcanes no resistió, parece ser, al invasor. En Bulgaria, donde los turcos lograron tan rápidos progresos, el país estaba minado, desde mucho antes de la llegada del invasor, por violentas revueltas
agrarias.[20]
[II-16]
FIGURA 55. Población de la península de los Balcanes al comienzo del siglo XVI. A este mapa, trazado por Ömer Lutfi Barkan apoyándose en los censos otomanos, le faltan las cifras concernientes a Estambul, que, por lo que parece, se han perdido. Los turcos controlaban sus adquisiciones por medio de puestos fronterizos y, en mayor grado, por medio de ciudades-clave. Nótese la importancia masiva de las implantaciones de los nómadas yuruks en las llanuras, y también en las zonas altas, por ejemplo en la región de los montes Ródope y en las montañas al este del río Struma y del Vardar. Trazar una línea más o menos precisa que, arrancando de la isla de Tasos y pasando por Sofía, separa una zona predominantemente cristiana, sólo parcialmente colonizada por los turcos, de una zona de fuerte implantación musulmana en Tracia y a través de Bulgaria. Posteriores investigaciones realizadas por Ömer Lufti Barkan y sus alumnos han analizado prácticamente todos los censos del siglo XVI; éstos revelan un fuerte incremento de la población y evidencian algo que ya se sabía antes: los musulmanes eran el elemento predominante de la población anatolia. Cada signo de este mapa representa 250 familias. Nótese la densidad de población musulmana en Bosnia y la importante colonia judía de Salónica.
En la misma Grecia había un proceso de revolución social. En Serbia desaparecen los señores nacionales y una parte de las aldeas se incorpora a las
tierras [21] wakuf (a las tierras de las mezquitas) o es repartida entre los spahis .
Ahora bien, estos spahis, soldados y señores vitalicios, reclamaron desde el primer momento que se les pagasen las rentas en dinero y no en trabajo. Pasará algún tiempo antes de que la situación de los campesinos vuelva a ser dura. Además, en la región bosniana, alrededor de Sarajevo, se producen conversiones en masa, debidas en parte, como es sabido, a la persistente
herejía de los [22] bogumiles . La situación es aún más complicada en Albania.
[23] Aquí, los terratenientes logran refugiarse en los presidios venecianos; tal es, por ejemplo, el caso de Dirraquio, que perteneció a la señoría hasta 1501. Cuando estas fortalezas caen en manos de los turcos, la nobleza de Albania busca refugio en Italia, donde viven aún algunos de sus descendientes. No hablamos de la familia de los Musachi, que se extingue en Nápoles hacia el año 1600. Pero poseemos una preciosa Historia della Casa Musachi, publicada en 1510 por uno de sus vástagos, Giovanni Musachi, que ilumina de un modo muy interesante el destino de una casa, de un país y de una casta. El nombre de esta antigua familia se ha conservado en Albania en la región
llamada de los Musekie,[24] donde el linaje poseía en otro tiempo inmensas
propiedades.[25] La historia de estos exilios y transplantaciones es asombrosa. No vale, es cierto, para todos los señores y terratenientes balcánicos. Pero, cualquiera que haya sido el final, y aunque algunos de ellos consiguieran salvarse momentáneamente renegando o no de su fe religiosa, el problema de conjunto no cambia: a la llegada de los turcos, todo un mundo social se derrumba por sí solo, confirmando con ello, una vez más, la sentencia de Albert Grenier: “sólo son conquistados los pueblos que quieren serlo”.
Esta realidad social explica los estragos y los éxitos fulgurantes de los invasores. Su caballería, lanzada a lo lejos y al galope, cortando los lejanos caminos, destruyendo las cosechas, desorganizando la vida económica, preparaba al grueso del ejército fáciles conquistas. Sólo las regiones montañosas pudieron protegerse durante algún tiempo contra el invencible invasor. Éste, sabiendo plegarse a las realidades de la geografía balcánica, se adueña primeramente de las grandes rutas que, a lo largo de las cuencas fluviales, conducen al Danubio: de los valles del Maritza, el Vardar, el Drin, el Morava… En 1371 triunfa en Cernomen, sobre el Maritza; en 1389, en el campo de Merles, en el Kossovo Polje, de donde fluyen el Maritza, el Vardar y el Morava. En 1459, esta vez al norte de la Puerta de Hierro, triunfa en Sneredovo, “en el punto mismo en que confluyen el Morava y el Danubio,
dominando Belgrado y las tierras que abren paso a la planicie húngara”.[26] Triunfa también sin pérdida de tiempo en la vasta extensión de las llanuras del
este.[27] En 1365 instala su capital en Adrianópolis; en 1386 ha conquistado
toda Bulgaria y, en seguida, toda la Tesalia.[28] La conquista es más lenta en el montañoso oeste, y también, a veces, más aparente que real. En Grecia,
Atenas es ocupada en 1456, Morea en 1460, Bosnia en 1462-1466[29] y
Herzegovina en 1481,[30] a pesar de la resistencia de ciertos “reyes de las montañas”. La misma Venecia se ve incapacitada para cerrarles durante largo tiempo el acceso al Adriático: en 1479 ocupan Scutari, y en 1501, Dirraquio. Habría que señalar, además, otra conquista, más lenta, pero más eficaz: la construcción de caminos y puntos fortificados, la organización de caravanas de camellos, la acción de todos los convoyes de aprovisionamiento y los transportes confiados a los arrieros búlgaros, y, por último y sobre todo, esa conquista tan eficiente que organizan en las ciudades sometidas por los turcos y fortificadas o construidas por ellos. Estas ciudades se convierten en verdaderos focos de donde irradia la civilización turca; pacifican, domestican o, por lo menos, amansan los países vencidos, donde no debemos imaginarnos que imperaba un régimen de continuas violencias.
Y, no obstante, no cabe duda de que, en sus comienzos, la conquista turca se nutre en detrimento de los pueblos sometidos: después de la batalla de Kossovo, millares de serbios son vendidos como esclavos hasta en los
mercados de la cristiandad[31] o reclutados como mercenarios. Pero el conquistador no carece de sentido político. Así lo demuestran las concesiones que Mehmed II hizo a los griegos llamados a Constantinopla desde 1453. Turquía acaba creando los cuadros en los que van acomodándose, uno por uno, los pueblos de la península para colaborar con el vencedor y reanimar, aquí y allí, el fasto del Imperio bizantino. Esta conquista recrea un orden: es una pax turcica. No debemos creer que andaba descaminado aquel francés anónimo que en 1528 escribía: “el país es seguro, y no hay noticias de nuevos
raptores[…] ni salteadores de caminos[…] El emperador no los tolera[…]”[32] ¿Podría afirmarse otro tanto, en aquel tiempo, de Cataluña o de Calabria? Algo de verdad tenía que haber, necesariamente, en este cuadro optimista, puesto que, a los ojos de los cristianos, el Imperio turco aparece durante mucho tiempo como algo admirable, incomprensible y desconcertante por el orden que en él reina; su ejército causa la maravilla de los occidentales por su disciplina y su silencio, tanto como por su valentía, por la abundancia de sus municiones y el arrojo y la sobriedad de sus soldados… Lo que no impide, antes al contrario, que los cristianos aborrezcan a estos infieles, “mucho
peores que los perros en todas sus obras”: frase escrita en 1526.[33]
Sin embargo, poco a poco los juicios van cobrando mayor objetividad. Los turcos eran, sin duda, el azote de Dios; Pierre Viret, el reformador protestante de la Suiza francesa, dice, refiriéndose a ellos, en 1560: “no podemos maravillarnos de que Dios castigue a los cristianos con los turcos, como en otro tiempo castigó a los judíos, cuando abjuraron de su fe[…], porque los turcos son hoy los asirios y los babilonios de los cristianos, y el
flagelo, la plaga y el furor de Dios”.[34] A mediados del siglo hay algunos que, como Belon du Mans, reconocen sus virtudes; de ahora en adelante, los europeos comenzarán a soñar con este exótico país, reverso de los de Europa y ocasión propicia para evadirse de la sociedad occidental y de sus pesados lazos. Era ya un paso hacia delante tratar de explicarse lo que eran los turcos
con base en los defectos y las flaquezas de Europa.[35] Un ragusino se lo decía
a Maximiliano I:[36] mientras que los países europeos se dividen, “el imperio de los turcos está en manos de un solo hombre, y todos obedecen al sultán, que es el único; a él van a parar todas las rentas; en una palabra, es el dueño y señor, y todos los demás, sus esclavos”. Era lo mismo que, en esencia, explicaba en 1533 a los embajadores de Fernando, Aloysius Gritti, curioso personaje, hijo de un veneciano y de una esclava, y durante largos años favorito del gran visir Ibrahim Pachá. Carlos V no debía arriesgar su poder contra el de Solimán. “Verum esse Carolum Cesarem potentem sed cui omnes
obediant, exemplo esse Germanian et lutheranorum pervicaciam [37] .”
Es cierto que la fuerza de los turcos veíase hasta cierto punto prisionera de este complejo de las flaquezas europeas por una especie de acción mecánica. Las grandes querellas de Europa favorecen y aun provocan la
expansión turca hasta Hungría. Busbec escribe, con razón:[38] «La toma de Belgrado (el 29 de agosto de 1521) ha dado pie a toda esa muchedumbre de males que han sobrevenido de poco tiempo a esta parte y bajo cuyo peso todavía gemimos. Por esta funesta puerta entraron los bárbaros para arrasar a Hungría; y ello ha traído también como consecuencia la muerte del rey Luis, y, más tarde, la pérdida de Buda y la enajenación de la Transilvania. Finalmente, si los turcos no hubiesen tomado Belgrado, jamás habrían entrado en Hungría, este reino por ellos asolado y que antes era uno de los más florecientes de Europa.»
No olvidemos que el año 1521, el año de la caída de Belgrado, marca el comienzo del gran conflicto entre Francisco I y Carlos V. Sus consecuencias fueron Mohacs, en 1526, y el sitio de Viena, en 1529. Bandello, que escribe