El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El área geográfica del islam

vigías para señalar las incursiones de los pastores[59]. Por otra parte, el beduino no se adapta bien a la vida tropical del oasis, ni a sus alimentos, en su mayor parte vegetales. Pertenece a este tipo atlético de nómadas de piernas flacas y de tórax estrecho, a la Brustrasse, como la llaman los antropólogos alemanes. El hombre del oasis, en cambio, pertenece a la Bauchrass, a la «raza abdominal», tipo de campesino ventrudo a lo Sancho Panza, inflado por los alimentos vegetales. Es un hecho comprobado que el nómada que se sedentariza se instala generalmente en las márgenes mediterráneas, y no en el oasis. Recordemos el papel que los sedentarios de origen iranio desempeñaron en la historia de Ferghana. Fueron ellos, al parecer, quienes se posesionaron del valle del Syr Daria, deforestando las laderas, con frecuencia cubiertas de bosques impenetrables, y drenando las marismas entre los espesos cañaverales; todo esto fue obra suya, y no de los nómadas y los seminómadas

que pululaban a su alrededor[60].

No cabe duda que los oasis, grandes y pequeños, no son bases de poderío. Aprovechados desde hace mucho tiempo, han sido los islotes fértiles sobre los cuales se erigió «la civilización oriental», que milenios después iba a producir el islam. Fueron los primeros «paraísos», con sus árboles, sus aguas frescas y sus rosas. Si no fue aquí, en verdad, donde se encontraron tantas plantas útiles y tantos utensilios agrícolas como el arado, sí fue, desde luego, donde antes se aprovechó todo ese material. Lo cual no implica que, como pretende Alfred Hettner, hayan sido los oasis toda la base del Oriente. Parece que, para basar sus explicaciones, los geógrafos se obstinan frecuentemente en optar entre uno de los dos elementos opuestos y complementarios de la vida del desierto, como si estos elementos pudieran separarse; como si el nómada no se alimentara de la estabilidad de las ciudades, y la ciudad de las rutas del nómada; y, sobre todo, como si uno y otro no fueran dos elementos íntimamente asociados en una historia más grande que la suya, elementos necesarios, ambos, para comprender la grande y singular historia del islam, que es hijo del desierto.

 

El área geográfica del islam

 

Pues «el islam es el desierto», como reafirma el ensayista Essad Bey[61]. Es su vacío, su dureza ascética, su misticismo inherente, su devoción por el sol implacable como principio unitario de los mitos, y las mil consecuencias de su carencia de hombres. También las civilizaciones del Mediterráneo se engrandecieron sobre el determinismo del vacío del mar. Aquí se anima la circulación de naves y de barcas; allá, la circulación de caravanas y de pueblos eternamente nómadas. Al igual que el mar, el desierto es movimiento; lo es también, por tanto, el islam. No menos que las mezquitas y los minaretes, dice Vidal de la Blache, los bazares y las posadas de las caravanas

son las características de su civilización[62]. Y el desierto debe a esta movilidad su innegable homogeneidad humana. «Comparad a un tártaro manchú con un tártaro de la Besarabia, y en vano buscaréis el intervalo de las mil quinientas leguas que los separan: el clima difiere poco, el gobierno es el

mismo…». Así escribía el barón de Tott[63]; y es muy cierto.

Huyamos, sin embargo, de reducir lo complejo a lo simple y, más aún, a lo excesivamente simple. El islam es la totalidad de las realidades humanas que implica el desierto, concordantes y discordantes, el complejo de esa familia de problemas geográficos que hemos señalado. Enumeremos una vez más: las grandes rutas caravaneras, creadoras de ciudades, de riquezas y civilizaciones milenarias; las zonas ribereñas, pues el islam ha vivido de esos Sahels, de esas franjas de vida sedentaria desplegadas frente al Mediterráneo, a lo largo del golfo Pérsico, del océano Índico y del Mar Rojo, y en contacto también con la región sudanesa; los oasis y su acumulación de poder, que Hettner juzga esencial; la estepa, en fin, gran agente de circulación y de ventilación, y, en términos humanos, responsable del dinamismo del islam, del empuje que lo llevó en todas direcciones y especialmente hacia el mar interior. El islam es todo eso: es la unidad política y cultural de la inmensa zona, que como una larga ruta tendida entre el océano Atlántico y el océano Pacífico, atraviesa la enorme y rígida masa del Viejo Mundo. No fue otra la obra de Roma cuando constituyó la unidad del Mediterráneo.

El islam es, pues, la circunstancia histórica que a partir del siglo VII ha funcionado como unificadora del Viejo Mundo. Entre estas totalidades densamente pobladas, Europa en sentido lato, las Áfricas Negras y el Extremo Oriente, el islam detenta los pasos cruciales y vive de su provechosa función de intermediario. Nadie puede transitar por allí sin su consentimiento o tolerancia. En este mundo sólido, a cuyo centro falta la flexibilidad de las amplias rutas marítimas, el islam es lo que será más tarde la Europa triunfante a escala mundial: una economía y una civilización dominantes. Forzosamente habrá de tener debilidades esta grandeza: carencia crónica de hombres; una tecnología imperfecta; querellas internas en las que la religión es tanto el pretexto como la causa; la dificultad congénita, para el primer islam, de controlar los desiertos fríos, o al menos hacerse con ellos al nivel del Turquestán o de Irán. Ese era el punto débil del sistema, junto o detrás de las puertas de Dzungaria, entre la doble amenaza mongola y turca. Y como última debilidad: el islam resulta muy pronto prisionero de su propio triunfo, de la agradable convicción de ser el centro del mundo, de haber dado con las soluciones efectivas y no necesitar buscar otras. Los navegantes árabes conocen los dos perfiles del África Negra, el Atlántico y el Índico, y sospechan que el océano los pone en contacto, pero no se molestan en buscar