El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La segunda y siempre prodigiosa época de esplendor de Argel

Que Valencia se encuentre amenazada, que Nápoles se vea bloqueado (en julio de 1561, 500 hombres no pueden pasar de Nápoles a Salerno, debido a

los corsarios),[235] que Sicilia y las Baleares se encuentren cercadas, son todas circunstancias que pueden explicarse desde un ángulo geográfico, dada la proximidad al África del Norte de todas estas regiones meridionales. Pero sucede que los corsarios también llegan a las costas del Languedoc, de Provenza y de la Liguria, regiones, todas ellas, bastante tranquilas hasta entonces. Cerca de Villafranca, el duque de Saboya estuvo a pique de caer en

sus manos en junio de 1560.[236] En ese mismo mes de junio de 1560 no había[II-307] trigo ni vino en Génova y los precios subieron; los barcos que llevaban trigo de Provenza o de Córcega no osaron hacerse a la mar por temor a 23 navíos

de corsarios que allí rondaban.[237] Desgraciadamente, no era éste un caso excepcional. En cada estación propicia era saqueado el territorio genovés. En agosto de 1563 les llegó el turno a Celle y Arbisola, en las costas del Poniente. La República escribió a Sauli, su embajador en España, que todo “eso viene de que en esos mares no hay una sola galera ni un solo esquife

cristiano a flote”.[238] Resultado: Nadie se atrevía ya a navegar. En mayo del

año siguiente, un aviso de Marsella que Felipe II anotó de propia mano,[239] dice que habían salido en corso 50 navíos de Argel, 30 de Trípoli, 16 de Bona y cuatro de Vélez (el peñón que cerraba este puerto no cae en manos de los españoles hasta en septiembre de 1564). Si tomamos esta información al pie de la letra, sumaban cien los navíos que operaban en el mar, entre galeras, queches y fustas. Los mismos informadores añaden: “los pobres cristianos llueven sobre Argel”…

 

La segunda y siempre prodigiosa época de esplendor de Argel

 

Entre 1580 y 1620 Argel disfruta de un segundo periodo de esplendor, tan espectacular como el primero y de mayor amplitud. La capital corsaria se beneficia, a la vez, de la concentración de la piratería y de una revolución técnica de importancia decisiva.

Del mismo modo que había hecho a mediados de siglo, el corso reemplaza las grandes escuadras. Las islas meridionales se ven cercadas durante semanas e incluso meses. “Los corsarios hazen grandes daños en esta isla, en muchas partes de la qual faltan las torres”, escribía Marcantonio

Colonna, virrey de Sicilia, en junio de 1578.[240] En 1579, a la altura de Capri, las fustas berberiscas se apoderan de dos galeras de la escuadra de Sicilia; pero tampoco esto sirvió para que las galeras de Nápoles reaccionaran. Una vez más, se encontraban en el puerto, desarmadas, sin soldados y con sus tripulaciones ocupadas en desembarcar las mercancías de los navíos

mercantes o en alguna otra labor igualmente pacífica.[241] En 1582, el virrey

de Sicilia parecía muy pesimista: “el mar hierve de piratas”.[242] La situación[II-308] se va agravando con el paso de los años. Y, detalle muy significativo por sí mismo: el corso se ceba en las costas de la parte norte del mar. Ni la lejana Cataluña (víctima de múltiples pillajes), ni Provenza, ni Marsella, se encontraban fuera de su alcance. El 11 de febrero de 1584 se discutió en el

Consejo[243] la compra de cautivos marselleses en Argel. El 17 de marzo de

1585, el Consejo[244] decidió “recomendar que se emplearan los medios más expeditos para hacer que cesaran los daños que causaban los corsarios de Berbería en la costa de Provenza”. Los años pasan y el remedio no llega. Durante el invierno de 1590 se acordó enviar un delegado para que tratara con

el rey de Argel la compra de cautivos.[245] En Venecia —cuyo alejamiento la colocaba, en principio, al abrigo—, los procuradores “sopra i capitoli” eligieron el 3 de junio de 1588 un cónsul para Argel, con la misión de

ocuparse particularmente de los esclavos venecianos.[246]

Los corsarios andaban por todas partes durante esos terribles años. Había que luchar contra ellos en el estrecho de Gibraltar, donde siempre hacía falta una limpia; había que combatir contra ellos casi diariamente en las costas de

Cataluña[247] y en las costas romanas; hacia 1617 robaron a la vez, verdaderamente a sangre y fuego, las almadrabas de Andalucía y las de la isla

de Cerdeña.[248] Pero ya desde 1579 Haedo exclamaba: “sesenta y dos eclesiásticos cautivos al mismo tiempo en Argel, cosa jamás vista en

Barbaria…”.[249] Pero la cosa se vería muchas veces hasta hacerse familiar, en los años venideros.

Abundan las explicaciones en lo concerniente a esta segunda prosperidad de Argel: es, ante todo, consecuencia natural de la prosperidad general del Mediterráneo. Como ya dijimos, no hay corsarios donde no hay naves mercantes. Uno de los temas recurrentes del libro de Godfrey Fisher es sobre el cual el Mediterráneo continuó gozando de prosperidad comercial en todo su

ámbito, y pese a los factores en contra, hasta por lo menos el año 1648.[250][II-309] Uno se siente inclinado a llegar a la siguiente conclusión: que el corso no ha producido los efectos desastrosos que afirman o sugieren los múltiples testimonios y las incontables quejas, puesto que la prosperidad continúa pese la presencia cada vez mayor de los corsarios y sus actividades hostiles. Y es que entre corso y actividad económica existe una conexión muy íntima, y cuando ésta crece, aquél se multiplica. En suma: el corso es una forma violenta de cambio de mercancías en todo el espacio mediterráneo. Otra

explicación:[251] la evidente atonía, ahora acentuada, de los grandes Estados. El turco se desentiende de los mares de Levante, y el español, de los del

Poniente. La expedición de Gian Andrea Doria contra Argel, en 1601,[252] es sólo un simple gesto. Por último, y en particular, el dinamismo que manifiesta Argel es el propio de una ciudad nueva, en rápido crecimiento. Es, junto con Liorna, Esmirna y Marsella, una de las jóvenes potencias marinas. Y toda la vida argelina depende, no hará falta decirlo, del volumen y éxito de su

actividad de corso, desde la pitanza del más pobre arriero de la ciudad[253] o la limpieza de las calles, de la que cuidan múltiples esclavos, hasta todos esos edificios que se construyen, las lujosas mezquitas, las villas de los ricos y los acueductos, obra, por lo que parece, de los refugiados andaluces. Con todo, el nivel de vida es, por lo general, modesto. No todos los jenízaros hicieron fortuna en el comercio, pese a dedicarse seriamente a ello. El corso, la industria más importante, constituía la fuerza cohesiva de la ciudad, creando una notable unanimidad tanto en la defensa como en la explotación del mar, la tierra firme o las masas de esclavos. Reina el orden, amparado en una justicia estricta que instaura y garantiza lo que era en realidad un ejército acampado en los cuarteles urbanos. Estoy seguro de que Haedo no ha podido olvidar en su vida el sonar del calzado claveteado de los jenízaros en las calles de Argel… Resulta también evidente que la actividad del corso estimula los otros sectores, vivificándolos y organizándolos, haciendo confluir en Argel víveres y mercancías. La tranquilidad será la norma no sólo en la blanca ciudad, sino más allá, hasta las montañas y mesetas lejanas. La ciudad conoce un rápido y anormal crecimiento que acaba por producir[II-310] cambios internos y externos en su edificio social. Argel era en 1516-1538 una ciudad berberisca y andaluza, una ciudad de griegos renegados y turcos, mezclados todos a la buena de Dios. Éste es el periodo que asiste al esplendor de los Barbarroja. De 1560 a 1597, la Argel de Euldj Alí es cada vez más italiana. Después de 1580-1590 y hacia 1600 llega la gente del norte, ingleses,

y gente de los Países Bajos; uno de ellos fue Simón Danser[254](el Dansa de los documentos italianos y franceses), es decir, der Tantzer, el bailarín —su verdadero nombre era Simón Simonsen, y había nacido en Dordrecht—. El cónsul inglés en Argel lo ve llegar, en 1609, a bordo de un navío francés de grueso tonelaje (of great force), fabricado en Lubeck y con una tripulación mixta compuesta por turcos, ingleses y holandeses; el barco tiene en su

activo, ese año, una treintena de presos.[255] Los azares de su vida, su vuelta a la cristiandad, a Marsella, donde tiene mujer e hijos; su entrada al servicio de esta ciudad, su captura, y finalmente, años más tarde, su probable ejecución en Túnez por orden del rey, en febrero de 1616, son todos particulares que

conocemos muy mal,[256] y que requerirían no pocas hipótesis, discusiones e investigaciones. Pero los rubios invasores no se presentaron con las manos vacías. Traen cargamentos de velas, madera, resina (pez), pólvora, cañones y lo mejor de todo: sus veleros, esos mismos veleros que vuelan por el océano y que desde hace mucho ponen en ridículo las enormes carracas y galeones de los ibéricos. También por aquellas mismas fechas, Liorna les daba la bienvenida. Pero Argel sabrá aprovecharlos mejor. Los veleros reemplazan las delicadas galeras y galeotas tradicionales, de cascos ligeros y delgados, sobrecargadas no de cañones, bagajes y pesos muertos, sino de esclavos galeotos, que soportaban los más tremendos sufrimientos cuando había que remar contra un mar embravecido para conservar la ventaja de la velocidad ante las pesadas galeras de los cristianos. Estas chusmas imbatibles habían sido el elemento decisivo de los reis argelinos. Pero ahora Argel adopta el velero ligero, capaz también de velocidad, y que parece hecho para la sorpresa.

En 1580 la flota argelina ascendía quizá a 35 galeras, 25 fragatas y un número indeterminado de goletas y barcas. Hacia 1618 cuenta, probablemente, con un centenar de veleros, el más pequeño de los cuales tiene de 18 a 20 bocas de fuego. En 1623 (y las cifras que damos a[II-311] continuación, debidas a sir Thomas Roe, representante comercial inglés en el Cuerno de Oro, son bastante dignas de confianza) cuenta con 75 veleros y varios cientos de embarcaciones pequeñas. A partir de aquel momento, el corso berberisco se concentra casi exclusivamente en Argel; Trípoli, la temible Trípoli (en la Italia de 1580 se le decía a quien se embarcaba: ¡Que Dios te proteja de las galeras tripolitanas!), no posee en 1612 más que un par

de veleros, y Túnez, siete en 1625.[257] Y la situación de los puertos del oeste debía ser muy semejante, pues en 1610 y en 1614 los españoles se han

apoderado de Larache y la Marmora sin hacer un solo disparo.[258] Sea como fuere, lo cierto es que muy pronto Argel rebosó de riquezas. Un cautivo

portugués[259] nos dice que, entre 1621 y 1627, hay en Argel unos 20 000 cautivos, de los cuales por lo menos la mitad era gente de “lo mejor de la cristiandad”, portugueses, flamencos, escoceses, ingleses, daneses, irlandeses, húngaros, eslavos, españoles, franceses e italianos; los restantes eran herejes o idólatras, sirios, egipcios, japoneses y chinos, gente de la Nueva España, etíopes… Y cada nación suministraba, como era natural, su buen puñado de renegados. Aun considerando este tratamiento como bastante impreciso, parece claro que el vestido del Arlequín argelino ha multiplicado sus colores. Los corsarios argelinos iban y venían por todo el mar, y su ciudad se ha desarrollado hasta el punto de ser capaz de controlar todas las aguas del Mediterráneo. Piratas argelinos saquean Alejandreta (Iskenderun) en 1624 y