El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La supuesta decadencia del Mediterráneo

ocurría en 1584.[410] Nos gustaría saber lo que habrían pensado los florentinos algunos lustros más tarde.

Si nos limitamos a las importaciones literarias —las que mejor se conocen —, la influencia española apenas declina hasta finales del reinado de Luis XIII,

[411] lo que nos lleva una vez más a los años 1630-1640, un jalón de la historia financiera y económica, una gran fecha de la riqueza mundial. Comprobaremos, asimismo, que el mejor periodo de la irradiación española es, en general, la primera mitad del siglo XVII. En el XVI se establecen mil contactos, y Francia comprende que el cerco geográfico a que está sometida por el Imperio español no se puede soportar sin consecuencias. Pero es en la gran vuelta a la paz de fines de siglo y de las primeras décadas del XVII cuando la simiente depositada comienza a dar plantas y flores. El retorno a la paz pasea a través de Europa los “triunfos” del Barroco.

 

La supuesta decadencia del Mediterráneo

 

Si no se hubiera creído durante mucho tiempo que el Mediterráneo estaba agotado a raíz del Renacimiento y era ya, de allí en adelante, un valor despreciable, no cabe duda de que se habría estudiado antes y con mayor detenimiento la influencia ejercida por él a fines del siglo XVI y comienzos del XVII. Yo no he intentado exagerar su valor, su duración o su eficacia, y, sin embargo, el nimbo proyectado a lo lejos por el Barroco llegó a ser, tal vez, más denso y más espeso, más sostenido que el del propio Renacimiento. El Barroco fue obra de civilizaciones imperiales macizas, como la de Roma o la de España. Pero ¿cómo comprobarlo y, sobre todo, cómo seguir su expansión, su tumultuosa vida exterior, sin poseer los mapas que son indispensables para ello y que no tenemos? Poseemos catálogos de museos, pero no atlas artísticos. Historias del arte o de las letras, pero no historias de la civilización.

Una vez más el destino del Mediterráneo se anuncia o se descifra, más[II-245] que en su corazón tumultuoso, en estas regiones marginales. Estas desbordantes influencias mediterráneas nos hablan por sí solas de su presencia y de su fuerza en los intercambios y en las rivalidades de que está hecha la gran vida del mundo. Dichas influencias subrayan vigorosamente, en los albores del siglo XVII, el lugar eminente que el Mediterráneo, vieja cuna de viejas civilizaciones, ocupa todavía en la formación del mundo moderno, al que, por modo tan amplio, imprime su huella.