El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los istmos y sus rutas meridianas
La masa de tierras que Europa interpone entre las aguas azules del Mediterráneo y esos otros Mediterráneos del norte que son el Báltico, el mar del Norte y el de la Mancha, se adelgaza progresivamente hacia el oeste y aparece cortada por una serie de rutas meridianas, de istmos naturales que todavía hoy son decisivos para los cambios de la historia: el istmo ruso, el istmo polaco, el istmo alemán y el istmo francés.
Por el oeste, también la península ibérica presenta rutas transversales, pero orientadas de oeste a este, del mar al océano: tales las rutas que llevan de Barcelona a Navarra y a las Provincias Vascongadas por la cuenca del Ebro; tal la importante transversal de Valencia a Medina del Campo y a Portugal, o
esas rutas terrestres de Alicante y de Málaga a Sevilla[67], que permiten sortear el paso por Gibraltar. No nos interesarán, por el momento, estas rutas de España. Su orientación las coloca muy aparte; además, sigue en pie el viejo problema de si España forma o no parte de Europa. Sin embargo, para comenzar nuestra investigación, tenemos como punto de partida la gran línea que los geólogos trazan en los mapas desde el golfo de Gascuña hasta el Cáucaso. Para nosotros, son las rutas situadas al norte de esta línea las que plantean el verdadero problema histórico y geográfico, mejor dicho, la serie de verdaderos problemas, de los lazos entre Europa y el Mediterráneo.
Esta Europa reducida que queda al norte del espacio mediterráneo dista mucho de ser homogénea, a pesar de contrastar violentamente con el Mediterráneo y las tierras mediterráneas: frente a los vergeles y a los viñedos
del sur, es, por excelencia, el país de los tupidos bosques[68], las planicies descubiertas, las praderas de los grandes ríos navegables; solo excepcionalmente posee los árboles y arbustos nutritivos que son la salvaguarda de la vida mediterránea: el olivo, la higuera, la vid, el castaño… y nunca los posee todos a la vez; por sus grandes espacios, es la región de los vehículos, hasta el punto que Dantiscus, el embajador polaco, yendo de Anvers a Brujas y Calais, en el otoño de 1522, escribe, como la cosa más natural: ex Antverpia per currus ut hic fieri solet, es decir, como aquí es
costumbre[69]; mientras que el sur es la tierra de las caravanas de muleros. La futura reina de España, Isabel de Valois, y su séquito apenas llegaron a la frontera de este país en enero de 1560, con sus carrozas, sus bagajes y sus personas, hubieron de transbordar a los lomos de las bestias de carga, que los
trasladaron hasta el corazón de la Península[70]. Lo mismo le ocurrió, medio siglo más tarde, en 1502, a Felipe el Hermoso, en su primer viaje a España.
El Norte es el país de la cerveza, de las bebidas de granos fermentados. Ya lo era en los tiempos de la Germania de Tácito. Las primeras fábricas de
cerveza se instalaron en Constanza en el siglo [71] XVI ; los dominicos
introdujeron la cerveza en Lorena; pronto penetró en Inglaterra, como dicen
los refranes populares, al mismo tiempo que el lúpulo y que la Reforma[72]. Marco Ottobon, el secretario enviado por Venecia a Danzig, en el invierno de 1590-1591, para comprar trigo, se asombra, al verano siguiente, de la llegada de 200 navíos holandeses, todos ellos en estado lamentable y pésimamente equipados, que vienen a llevarse el grano de clase inferior, gli grani per birra.
A un individuo mediterráneo, estos países (y no solo Polonia) le resultan extraños: allí el vino es un lujo que alcanza precios inimaginables. En 1513, Bayard, durante el breve tiempo que estuvo prisionero en los Países Bajos, y pese a carecer de fortuna, se permitió muy buenos banquetes, aunque «hubo
días en los que llegaba a gastar hasta 20 escudos en vino»[73]. Si el extranjero es mediterráneo, juzgará a estas personas como rudas y carentes de refinamiento: unos auténticos «bárbaros», muy religiosos (sean los alemanes
anteriores a Lutero[74] [75] o los normandos de la época de Francisco I) y
honestos (Ottobon dice que uno puede viajar por Polonia l’oro in mano senza pericolo di essere offeso). Y además, otra gran ventaja: allí la vida es más barata que en Italia. En Danzig —nota nuestro veneciano— «por dos táleros a la semana por persona, puedo decir que me han regalado con dos banquetes
diarios»[76].
Pero no generalicemos: el Mediterráneo no es el reino exclusivo de la bestia de carga, lo mismo que la Europa que parte de él hacia el norte no es la zona indiscutida de la cerveza y del transporte rodado. En Francia y otros lugares la bestia de carga forma parte importante de los transportes. A menudo, los vehículos no ruedan en estos parajes, sino en las proximidades de las ciudades, en el escaso perímetro de los oasis urbanos y carreteros, excepciones que se encuentran también hasta en el corazón de los países mediterráneos. También el Mediterráneo tiene sus regiones atrasadas, de religión primitiva y medios de vida elementales.
Europa es, repetimos, auténtica diversidad. La civilización ha penetrado en ella por caminos y en fechas diferentes; muy al principio, por las rutas del sur y con un innegable acento mediterráneo; después, desde el oeste y el Occidente cristiano, por la línea de los paralelos y a la vez por las rutas del mar (recordemos cómo el derecho de Lúbeck irradió por el Báltico) y por las rutas terrestres (recordemos cuán lejos se expandió, aunque menos rápidamente, el derecho conquistador de Magdeburgo).